Las
tardes de soledad no eran en absoluto agradables y las noches oscuras eran
mejor pasarlas en compañía o encerrada en una habitación. Con los pasos
contados y la espalda tensa. Ese par de ojos parecían que te seguían a donde
ibas, pero siempre estaban ocultos en el punto ciego de las escaleras.
- Ya, mami - la simpleza de ser más rápida que la Cosa, era mi único consuelo.
Las
sesiones de temor y aprensión a la Cosa, aumentaban en la noche. Las búsquedas de
objetos ajenos en una solitaria planta alta, era lo peor que podía haber. Pero con
la valentía concentrada en mi pequeño cuerpo, al no querer ser considerada una
miedosa y cobarde, emprendía el camino volviendo casi siempre con éxito. Si el
dueño del objeto no sabe su ubicación, peor lo sabrá otro.
- Ya se – la Cosa seguía sin atraparme – no me voy a caer – esa pequeña alegría no me la quitaba nadie.