El
hombre caminaba entre el frío y las tinieblas. El creador veía a sus
subordinados con desdén, sentado en su trono de oro y cristal. El bien, al
igual que el mal, no tenía significado alguno. La oscuridad perpetua agobiaba a
los habitantes del planeta, a todos, con excepción del creador. Estos mismos
hombres gritaban su dolor y angustia, logrando que sus voces volaran. Pero se
preguntan: ¿Cómo una voz puede volar?
Era
un don, junto a varios otros, que los primeros pobladores de la tierra poseían.
Hermoso, peligroso y poderoso. Ellos, dentro de un tiempo sin valor, se
percataron que aquello cambiaría la pobre existencia en que vivían, corriendo
peligro esa realidad construida por su amo y señor. Sin embargo, este ser no
era nada más y nada menos que un hombre inferior al resto, el cual viva oculto
tras su gran trono, lleno de lujos, lleno de temor. Si, una cárcel sin valor
alguno.
Este
en su desesperación, buscó y buscó hasta encontrar a la única mujer entre todos
esos seres. Perdida en su pequeña burbuja de magia y soledad, posiblemente más
poderosa que todos aquellos hombres juntos. La inocencia de ella era palpable,
pero como fuego incontrolable de su interior, era imposible ser domada. El
creador dentro de un trato engañoso, la convenció para que apoyara su causa.
Mediante
un ritual que consumió más que la sangre de cada uno y donde el alma misma
encontró refugio en el cuerpo del otro, convirtieron a todos los poseedores de
un don, en la luna, el sol y las estrellas. Creando lo que hacía falta en el planeta.
Los hombre con las voces que podían volar, se
transformaron en las aves. Las hermosas melodías fueron el reemplazo de todos
esos gritos de dolor y agonía vividos de sus inicios, transmitidos de
generación en generación hasta perder su verdadero significado, siendo solo un canto
más de la naturaleza.

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